1 de novembre de 2009

Corrupción y avaricia

Muy esclarecedor me parece este artículo de La Vanguardia de hoy, donde Saranyana equipara la corrupción política a trabajar mal . Creo que si todos nos propusiéramos trabajar mejor, cambiarían las cosas. Ha llegado un momento en que los que nos esforzamos por cumplir nuestro deber del mejor modo posible y pensando en los demás, somos unos ingenuos, como poco. Pues pienso  que el mundo sería mejor si fuéramos más los que trabajamos así.

Corrupción y avaricia

Josep-Ignasi Saranyana


En estos momentos en que la política pasa por momentos bajos quiero hacer una defensa de la política", decía Lluís Foix hace unos días. "Ni todos los políticos son corruptos, ni todos los periodistas somos vasallos, ni todo un país está encharcado en la delincuencia, ni todos los jueces no cumplen con su deber".

Una de las debilidades de la naturaleza humana es la avaricia. Esto viene de lejos, y tiene mucho que ver con el "lamentable episodio de la manzana", es decir, con el pecado original, se crea o no. Hay un virus en la naturaleza humana que inclina viciosamente a atesorar bienes superfluos, a sustraer la hacienda al prójimo, a no pagar lo que es justo, a no contribuir a las cargas sociales en la proporción requerida y a trabajar menos de lo debido (lo que ahora se denomina "poca productividad") y a otras cosas parecidas.

Hace un par de semanas ÁngelesCaso comentaba, en el Magazine de La Vanguardia la historia de un matrimonio amigo que compró un piso de segunda mano, que debían reformar, y que no conseguían - en una época de crisis, con poco trabajo y bastante paro-que electricistas, fontaneros, cristaleros, pintores, carpinteros y demás gremios, atendieran el teléfono, aceptasen trabajar en la casa, o presentasen presupuestos razonables. Yo he tenido una experiencia semejante: una compañía de seguros, que me cobra puntualmente una póliza desde 1982, ha tardado cinco meses y medio en contestar a tres preguntas que les había formulado. No valieron ni siquiera mis veladas amenazas de acudir a tribunales. No contestaban al teléfono, no acusaban recibo de los correos electrónicos, no me recibían. Al final tuve que recurrir a un intermediario honrado, amigo de uno de los jefes de la compañía.

No toda la corrupción es fraude al fisco, cohecho, prevaricación o tráfico de influencias. También es corrupción trabajar mal. Y en esto los cristianos tendríamos que ser muy ejemplares. Nuestro modelo, que es Cristo, todo lo hizo bien.

  J.-I. SARANYANA, historiador

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