31 d’octubre de 2010

Benedicto XVI en Barcelona

   
   
   
Uno de los editoriales de La Vanguardia de hoy reflexiona sobre lo que supone y supondrá en el futuro esta visita del Papa a nuestra ciudad. A los mentestrecha de nuestro país se lo dedico.

La semana próxima llega Benedicto XVI a Barcelona. Su estancia entre nosotros será corta pero intensa. El motivo principal de su visita es la consagración del templo de la Sagrada Família, en cuyo imponente interior tendrá lugar una misa que será retransmitida a todo el mundo, lo que permitirá dar a conocer un espacio nuevo, verdaderamente impresionante. Evaluando dicho espacio, algunos expertos, antaño displicentes, no dudan en calificarlo de uno de los más sugestivos de la celebrada modernidad arquitectónica barcelonesa. La presencia de Benedicto XVI en la Sagrada Família tendrá como consecuencia directa el reforzamiento de la ya muy aplaudida obra de Gaudí. Para el turismo cultural de la ciudad y para la proyección mundial de la cultura barcelonesa y catalana, la visita papal va a tener beneficios incalculables. Tales beneficios justificarían de sobra el gasto público y las incomodidades que sufrirán los ciudadanos afectados. Pero es que, según explica ahora el Ayuntamiento, la visita del Papa generará en Barcelona un impacto económico de 29,8 millones de euros, cifra infinitamente superior a los costes.

Si el Ayuntamiento hubiera dado a conocer estas cifras con anterioridad, seguramente no se habría producido la polémica, de baja intensidad, sobre los costes del viaje. Algunas de las críticas a la presencia del Papa en Barcelona le describen como un inquisidor antimoderno. La repetición de estos tópicos despreciativos en los medios de comunicación públicos - sufragados por todos los ciudadanos- no es un dato menor, ni banal, que invitará a seguir reflexionando sobre el particular desde el más escrupuloso respeto a la libertad de expresión. Nada eclipsa, sin embargo, la respetuosa bienvenida de las instituciones catalanas. Y sería un gesto inteligente por parte del presidente del Gobierno su asistencia el domingo a la ceremonia de dedicación de la Sagrada Família, símbolo internacional de la cultura catalana, de la Barcelona cosmopolita y de una España hoy obligada a trabajar duro por su buen nombre en el mundo. El sentido laico del Estado no está reñido con la gentileza, la inteligencia política y una noción nítida de los intereses generales. Cuando en el 2003 se trataba de defender sus ideales pacifistas, José Luis Rodríguez Zapatero no dudó en asistir a una misa del papa Juan Pablo II en Madrid.

La figura de Benedicto XVI no cesa de suscitar atención en todo el mundo. Ratzinger es el intelectual que con mayor énfasis y capacidad de influencia discute los valores relativistas dominantes en la cultura occidental. Defensor de los valores humanos en un mundo tiranizado por lo económico, describe el mensaje cristiano como una síntesis entre fe y razón, en abierto contraste con los fanatismos de tipo irracional y agresivo. Defensor de la paz, propone a Europa la asunción de su milenaria tradición cristiana para dialogar con el resto de las culturas del mundo. Ya en su época de cardenal, Ratzinger encabezó la cruzada depurativa en el interior de la Iglesia para extirpar la lacra de la pederastia, que atañe a una minoría de clérigos. No es extraño que sus discursos sean escuchados con interés por intelectuales y dirigentes laicos. Así pasó en su reciente y difícil viaje a Gran Bretaña, precedido por una reticente campaña crítica. Gracias a su altura intelectual y a su autoridad moral, el Papa transformó aquella reticencia en interés. Barcelona le acogerá con cariño y cortesía. Y le escuchará con atención.
   
   
   

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