27 de maig de 2011

José Antonio Marina y la Educación

 
  
   
He leído bastantes obras de este autor, y aunque en algunas ideas discrepo, en general considero que tiene mucho sentido común. ABC publica una entrevista largíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiisima, de la que Aceprensa hace un resumen, en abierto, que copio aquí.

Según Marina, profesor de Instituto, ensayista y reciente promotor de la Universidad de Padres, la educación en virtudes fue abandonada “de manera estúpida” por considerarla vinculada a la religión, aunque no tiene su origen en el cristianismo sino en la cultura griega. En un intento por secularizar esta idea se empezó a hablar de “educación en valores”; pero para Marina esta concepción supone un reduccionismo, y resulta “muy teórica, muy descafeinada y muy poco eficaz”. Marina prefiere la virtud por su vertiente ética, es decir, práctica.

Frente a los que piensan que la multiculturalidad es un obstáculo para la ética, Marina cree que las principales virtudes, que son “las que tienen que ver con el conocimiento, la búsqueda de la justicia y la regulación de las emociones”, son igualmente válidas para todas las culturas y religiones.

Marina entiende la educación en sentido global, no desde un punto de vista exclusivamente académico, porque concibe la inteligencia desde una perspectiva igualmente global. Por eso, cuando es preguntado por la inteligencia emocional, aclara que no piensa que esta constituya una especie de compartimento aparte: “Es la inteligencia”.

Son los valores los que mueven a los sentimientos. Por eso para José Antonio Marina, la educación del deseo es una parte fundamental de la educación de un hijo. En este punto pide la colaboración de la “tribu”, término que utiliza para referirse a la sociedad como organización solidaria. Cree que la excesiva exposición de muchos niños y jóvenes a la publicidad en la televisión o Internet provoca en ellos “una especie de hiperactividad deseante”.

El medio no favorece, según Marina, la educación en virtudes que él propugna. Además, considera que el aprendizaje siempre acaba siendo social (“inteligencia compartida”): “cuando uno está en una sociedad que se vuelve estúpida, es muy difícil no estupidizarse también”. Por eso cree que es deber de los medios de comunicación “contribuir a la inteligencia de la sociedad”.

No obstante, reconoce que la labor educativa descansa primeramente sobre la escuela y, sobre todo, la familia. En cuanto a la esta, Marina denuncia que ha sido desnaturalizada por un excesivo individualismo, que produce fenómenos extraños como que muchos niños estén naciendo de madres voluntariamente sin pareja. Quizás, opina, las altas expectativas de felicidad relacionadas con la vida familiar, provocan una especie de efecto contrario: se tiene miedo al fracaso. Para Marina, “la familia es ternura, exigencia y comunicación”, y la escuela debería acercarse todo lo posible a este modelo educativo.
  
  
  

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