22 de juliol de 2014

Pre-vacaciones


Estoy totalmente de acuerdo con Pilar Rahola. Y hay personas que no saben parar, ni siquiera en vacaciones, desando que terminen... A lo peor tampoco sabrán descansar en la eternidad...

"Tolstói decía que Dios existe, pero que no tiene ninguna prisa en demostrarlo. Lo cual no es ningún mérito porque Dios tiene la eternidad para ir haciendo, mientras que los sufridos mortales tenemos un tiempo escaso. Debe de ser por ello por lo que entendemos los días como una carrera sin freno, más sobrecargada que sutil, como si fuera el surf, y no el submarinismo, el deporte de la vida. A pesar de que la pausa, como el silencio, son conceptos amables, primos hermanos de la idea de la felicidad, lo cierto es que son como esos densos libros de la literatura que tenemos cerca porque nos gusta pensar que algún día los leeremos. Recuerdo una conversación con un amigo, que acababa de comprarse el Ulises de Joyce, y lo contaba con orgullo, como si haber comprado ese libro significara un grado superior de intelectualidad. "¿Lo estás leyendo?", le pregunté emocionada, y me respondió con ese aire de reproche a quien nos agua la fiesta: "No lo he comprado para leerlo, sino para tenerlo". Y me temo que en el caso particular continúa teniéndolo.

La pausa y, con ella, el silencio. En estos días en los que mi tiempo se ha hecho algo más laxo y estoy en ese estadio llamado semivacacional -lo cual es muy semi, pero poco vacacional-, no puedo evitar una incómoda pelea entre mi consciente, ávido de relajar los ritmos, y mi subconsciente, aún inmerso en el maratón del quehacer cotidiano. Es como una especie de ring de voluntades, y así, cada vez que me siento indolente a leer, o a escuchar algunos de los adagios queridos, el motor interior se inquieta, envía mensajes diabólicos de prisas y tareas por hacer, y entonces, desde no se sabe dónde, una especie de culpa ancestral me corroe el cuerpo y me levanta de la silla. 

¿Qué me queda por hacer, qué no he hecho, qué libro, qué artículo, qué respuesta a quién, qué, qué, qué?..., y se acabó la pausa, el libro, el adagio y la calma. Hay algo más difícil de vivir que la prisa, y es la capacidad de vivir la pausa. Vivirla y, al vivirla, gozarla.

Por supuesto sé que, para perder el tiempo, hace falta un tiempo para habituarse. Hemos confundido con tanto ahínco el vivir con el llenar el saco de la vida que cuando lo vaciamos de responsabilidades nos queda desnuda, hiriente y huidiza la responsabilidad más compleja de todas, la de gozar de la vida. Por eso a menudo llenamos las vacaciones de tareas vacacionales, como si tuviéramos miedo al vacío de las horas sin nada por hacer.

Y, sin embargo, la pausa es un universo entero de posibilidades, un estadio del alma que aguza los sentidos, recoloca las prioridades, otorga espacio a las emociones y, por la vía de no pedirnos ningún mundo concreto, puede regalarnos todo un mundo. Lo esencial no sólo es invisible a los ojos, como sabía el Principito, sino que es imposible con las prisas. Y sin lo esencial no hay vida, sólo hay simulacro."


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