29 de novembre de 2009

"Tout est pourri", todo está podrido.

Rafael Alvira publica este artículo en La Gaceta de los negocios, sobre la corrupción y el escándalo en España. ¿Solución? "la potenciación moral de las familias y los centros educativos." Enseñantes, a ponernos las pilas, sobre todo, porque creo que tiene razón. Copio.





Actualmente el ser humano está comenzando a perder el sentido físico del olfato. La tenaz guerra contra los malos olores y la confianza en que los alimentos que se nos venden son saludables —aunque todos de un modo u otro "plastificados"—, hacen que nuestra nariz ya sólo sirva para respirar o para el toque estético. Y, sin embargo, el olfato de la inteligencia se empieza a desarrollar cada vez más: es la necesidad de captar lo que pasa a nuestro alrededor, lo que sucede de verdad, más allá de las apariencias. Cabía prever que esto sucedería. Toda sociedad, como la nuestra, que vive de las apariencias, ha de empujar a la gente a afinar su olfato frente a la corrupción. No es nuevo. Ya en el siglo XIX francés era común la frase: "tout est pourri", todo está podrido.    El origen de la corrupción personal y social es fácil de detectar: consiste en convertir lo público en privado y lo privado en público. De ese modo, todo pierde su verdadero ser. Se entiende por corrupción en política el utilizar para beneficio privado lo público. A usar lo privado como público no le solemos llamar corrupción, sino escándalo, pero en el fondo es lo mismo.

Quien vende su vida privada haciéndola de dominio público, la corrompe. En un caso hemos perdido el ser, la verdad, de lo público, por un inadecuado interés privado. En el otro, hemos perdido la verdad de lo privado por un inadecuado interés individual. En su autenticidad, público y privado no se contraponen, sino que se complementan. Si la esfera pública es correcta, la vida privada se beneficia de ello. Pero hoy se ha olvidado que la calidad de lo público depende de la calidad de lo privado mucho más que al revés. Quien no obra correctamente en lo privado —y, por tanto, lo desvirtúa— trasladará más tarde o más temprano su experiencia vital, sus costumbres, su ética, a lo público.

Se pretende que lo privado es el ámbito del vale casi todo, mientras que lo público funciona perfectamente según reglas. Pero ya los romanos lo sabían perfectamente: quid leges sine moribus, ¿de qué sirven las leyes sin las buenas costumbres, sin la ética? Leyes y reglas no pueden de ningún modo sustituir a la ética. Cuando las personas obran bien, el derecho sirve para reforzar su poder correcto. Cuando las personas no saben obrar bien, el derecho se convierte en un instrumento para incrementar el poder corrupto. La ética no tiene sustituto válido, como tampoco la religión. La situación actual no es ninguna broma: no es que nos olfateemos la corrupción de los políticos; eso ya es consabido. Lo que ahora sucede es que incluso nos entran serias dudas sobre los jueces y sobre la policía. Y eso sí que ya es tocar fondo. Un fondo del que no nos rescatarán en España sino la toma de conciencia ética de la minoría dirigente y, sobre todo, la potenciación moral de las familias y los centros educativos.

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