12 d’abril de 2015

Elogio a la lectura (que no a los libros)


Columna de Pilar Rahola de La Vanguardia de hace unos días. si os parece largo, leed el párrafo central, no tiene desperdicio. ¡Feliz lectura!

"Este artículo aspira a ser un elogio desmesurado del gusto por la lectura en mayúsculas. No concibo ninguna otra práctica que pueda ser tanto o más beneficiosa, cuanto más se abusa de ella, porque leer buenos libros es una auténtica revolución de los sentidos. Por supuesto, los hay que leen mucho y muy mal, y para muestra los fanáticos de todo pelaje, capaces de devorar panfletos sin atisbo de inteligencia, pero con gran capacidad de seducción. Ahí están la cantidad de libros y artículos de los ideólogos islamistas, abusivamente devorados por gentes que destruyen sus cerebros al tiempo que ilustran sus obsesiones. O los libros del nazismo, cuyo aparato argumental era tan malvado como bien construido. Todo no es leíble, ni todo lo leído es bueno para la salud mental del lector, y no sobra recordar que los hay que leen mucho, para poder ser más eficaces en el mal.

Sin embargo, cuando el libro nace de la belleza de la imaginación, la reflexión o las ganas de contar de alguien que ha pasado años tejiendo, palabra tras palabra, un gran territorio por descubrir, la aventura es apasionante. Leer es una práctica solitaria que exige atención y tiempo, y cuyo resultado es más sutil que evidente. Quizás por ello, la lectura se relega a prácticas más pasivas que dan una satisfacción menos profunda, pero más inmediata. En nuestro tiempo sin tiempo, los libros buscan su espacio desesperadamente, peleándose con múltiples opciones de ocio que son tan fáciles de engullir, como simples de digerir. Leer, en cambio, obliga a concentrarse, exige perderse en universos enigmáticos, sentir emociones nuevas, transitar por recovecos del alma que otros han descubierto. Y esa exigencia de atención, en nuestra vida al vuelo, es un obstáculo que no salvamos fácilmente. Para leer hay que querer leer, buscar el momento, el lugar, dedicar el tiempo, aislarse del paisaje propio para sumergirse en el paisaje ajeno, y todo ello complica lo ya complicado. Vivimos tan alocados, que no tenemos tiempo de dedicarnos un rato a vivir. Pero si se supera ese obstáculo y el virus de la lectura nos ha atrapado para siempre, el resultado es espléndido: todo gran libro nos construye y nos cambia para siempre.

No puedo acabar este artículo sin la parte política del tema, porque la lectura no sólo es un hábito personal, sino que debería ser una exigencia colectiva, seriamente amparada desde el ámbito público. Muy al contrario, las políticas que hemos sufrido en el ámbito cultural -especialmente desde el ministerio de turno- han sido nefastas para la promoción de la lectura, relegada al último eslabón de la cadena de interés político. ¿Será por aquello que una persona instruida es más difícil de manipular? Será. Pero esa mentalidad que desprecia a los libros porque los teme, nunca garantiza un futuro brillante. No olvidemos que la ignorancia es el territorio de la esclavitud."

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