Estoy totalmente de acuerdo con Pilar Rahola. Y hay personas que no saben parar, ni siquiera en vacaciones, desando que terminen... A lo peor tampoco sabrán descansar en la eternidad...

La pausa y, con ella, el silencio. En estos días en los que mi tiempo se ha hecho algo más laxo y estoy en ese estadio llamado semivacacional -lo cual es muy semi, pero poco vacacional-, no puedo evitar una incómoda pelea entre mi consciente, ávido de relajar los ritmos, y mi subconsciente, aún inmerso en el maratón del quehacer cotidiano. Es como una especie de ring de voluntades, y así, cada vez que me siento indolente a leer, o a escuchar algunos de los adagios queridos, el motor interior se inquieta, envía mensajes diabólicos de prisas y tareas por hacer, y entonces, desde no se sabe dónde, una especie de culpa ancestral me corroe el cuerpo y me levanta de la silla.
¿Qué me queda por hacer, qué no he hecho, qué libro, qué artículo, qué respuesta a quién, qué, qué, qué?..., y se acabó la pausa, el libro, el adagio y la calma. Hay algo más difícil de vivir que la prisa, y es la capacidad de vivir la pausa. Vivirla y, al vivirla, gozarla.
Por supuesto sé que, para perder el tiempo, hace falta un tiempo para habituarse. Hemos confundido con tanto ahínco el vivir con el llenar el saco de la vida que cuando lo vaciamos de responsabilidades nos queda desnuda, hiriente y huidiza la responsabilidad más compleja de todas, la de gozar de la vida. Por eso a menudo llenamos las vacaciones de tareas vacacionales, como si tuviéramos miedo al vacío de las horas sin nada por hacer.
Y, sin embargo, la pausa es un universo entero de posibilidades, un estadio del alma que aguza los sentidos, recoloca las prioridades, otorga espacio a las emociones y, por la vía de no pedirnos ningún mundo concreto, puede regalarnos todo un mundo. Lo esencial no sólo es invisible a los ojos, como sabía el Principito, sino que es imposible con las prisas. Y sin lo esencial no hay vida, sólo hay simulacro."