15 de febrer de 2010

¿INTRIGA CONTRA ESPAÑA Y EURO?, de Joaquím Muns

 

Copio un artículo aparecido ayer en La Vanguardia, donde el autor vapulea a los políticos de nuestro gobierno al no querer reconocer su culpa en la mala gestión de la crisis, "la culpa siempre la tienen los demás". Muy lúcido.

Joaquim Muns

Costó mucho que las autoridades españolas reconocieran la existencia de una seria crisis económica en el país. Luego argumentaron que estábamos preparados y por eso mismo saldríamos de la crisis pronto y reforzados. Pero la realidad ha sacudido la economía española con una intensidad muy dura. Nadie puede negar, por tanto, que la situación es muy grave y el consenso prácticamente unánime es que no se podrá salir de esta coyuntura sin una serie de medidas de gran calado, además de reformas estructurales serias y seguramente profundas.

Para poder confrontar esta realidad con seriedad es necesario un ejercicio de introspección para dilucidar lo que se ha hecho mal, lo que no funciona y lo que hay que corregir urgentemente. Naturalmente, este análisis requiere sobriedad, humildad y valentía. También precisa un grado elevado de autoexigencia y priorizar el bien común por encima del interés personal y de partido.

Desde que comenzó la decadencia española en el siglo XVII, que todavía no se ha superado, los gobernantes han tenido una tendencia irrefrenable a achacar los males del país a nefastas influencias del exterior. El expediente de asumir la propia culpabilidad requiere un grado de madurez de la que, posiblemente, este país todavía carece. Esta desconfianza de lo que procede del exterior lleva a otra consecuencia igualmente perversa: descartar, por malévolos o supuestamente equivocados, los consejos de los demás.

Este subconsciente histórico español es el que seguramente ha llevado estos últimos días al Gobierno a delatar dos supuestas confabulaciones que afectan de lleno al país. La primera se trataría de una trama de los mercados para debilitar al euro. La segunda confabulación procede, según el Gobierno y algunos medios que piensan como él, de la prensa anglosajona y, especialmente, del periódico económico Financial Times.Este último ataque iría, por razones que nunca se explicitan claramente, contra España. Sería, digamos, la puesta al día de la históricamente conocida como Pérfida Albión.

Sorprende y llena de congoja que a estas alturas del siglo XXI, cuando aparentemente estamos en el posmodernismo, es decir en sociedades cultas, avanzadas y libres, aparezcan este tipo de argumentos más típicos de sociedades atrasadas, temerosas y xenófobas. Los peores enemigos que tenemos no están fuera de nuestras fronteras. Si ello fuera así, la solución sería fácil: cerrarlas. El problema está en nosotros, en nuestra ignorancia, en nuestro orgullo y en nuestro aislacionismo intelectual.

Soy un asiduo lector de la prensa económica anglosajona desde que, en 1959, llegué a Londres para proseguir mis estudios. Llevo, pues, más de 50 años leyendo estas publicaciones, que básicamente son liberales y defienden el libre mercado. Son críticas con los sistemas políticos represivos y con los sistemas económicos intervencionistas. Critican a España como lo hacen a otros países.

En concreto, la gran mayoría de la prensa internacional y no sólo la anglosajona concuerda, con matices y grados de contundencia diferentes, en destacar que la actual situación económica española es muy difícil. Si los dardos van dirigidos a la prensa anglosajona (fundamentalmente Financial Times y The Economist), es porque son publicaciones prestigiosas, respetadas y muy influyente. Y esto es lo que duele. Nunca he visto en ellas el pretendido antiespañolismo; lo que sí he visto repetidamente, y como ocurre ahora mismo, severas críticas a las políticas económicas de los gobiernos españoles. Es una treta conocida de los gobernantes desviar hacia el país las críticas que reciben para concitar su rechazo.

Hablar de un ataque al euro es otro expediente populista. Los mercados financieros actúan con activos denominados en diversas monedas (dólar, libra esterlina, euro, etcétera). Según los problemas y perspectivas de los países emisores de estas monedas, los inversores se mueven de unos activos a otros. Cuando han aflorado los problemas de varios países de la zona euro, los que tenían valores en euros, especialmente bonos de los países afectados, los han vendido. La cantidad mencionada de 8.000 millones de euros en un día es muy pequeña y equivale a menos del 1% del valor diario de las transacciones del mercado de euros, pero suficiente para empujar la moneda comunitaria a la baja.

Llamar complot o incluso especulación a la venta de algo por miedo a que pierda valor es una tontería. Además, el mejor favor que se puede hacer a la zona euro es empujar su sobrevalorada moneda, el euro, a la baja. Ello supone ganar competitividad en el momento exacto en el que los países de la zona, y entre ellos España, la necesitan para exportar más y salir, así, de la crisis. Si esto es fruto de un complot, bienvenido sea este complot. Y si los especuladores nos ayudan a exportar más en esta coyuntura tan crucial, bienvenidos sean los llamados especuladores.

No hay duda de que una de las causas de la crisis financiera que estamos viviendo ha sido, según criterio unánime, el desprecio o la minusvaloración del riesgo en que han incurrido los mercados. Se les exige que, en el futuro, valoren mejor el riesgo. Si lo hubieran hecho en su momento, países como Grecia, Irlanda y España no se habrían deslizado por la pendiente de un endeudamiento excesivo. ¿Por qué hay que quejarse, ahora, de que los mercados se hayan dado cuenta de que han de ser más cuidadosos con el riesgo del país?

Los mercados quieren pura y simplemente que adoptemos políticas que conduzcan al crecimiento económico, de manera que puedan cobrar el dinero que nos han prestado. Si, al fin y al cabo, nuestros intereses y los de los mercados que detentan y han de seguir financiando nuestra deuda son exactamente los mismos, ¿por qué tanto vapuleo a los mercados?

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