30 de desembre de 2018

"Una educación"


Una educación
Tara Westover
Lumen 2018

Relato autobiográfico, sobre la capacidad de escapar de una educación antinatural, gracias a una mente privilegiada, el deseo de aprender, y la fuerza transformadora de la educación. Dicha transformación, a lo largo de diez años, casi le cuesta la salud psíquica. A medida que se lee la novela no dejas de asombrarte pensando cómo es posible que existan hoy en día estas circunstancias. El relato no se ceba en las circunstancias familiares que vivió, durísimas, simplemente intenta comprenderlas. Por ello, el regusto que deja en el lector es positivo. Un 9.

"«Podéis llamarlo transformación. Metamorfosis. Falsedad. Traición. Yo lo llamo una educación.»

Nacida en las montañas de Idaho, Tara Westover ha crecido en armonía con una naturaleza grandiosa y doblegada a las leyes que establece su padre, un mormón fundamentalista convencido de que el final del mundo es inminente. Ni Tara ni sus hermanos van a la escuela o acuden al médico cuando enferman. Todos trabajan con el padre, y su madre es curandera y única partera de la zona.

Tara tiene un talento: el canto, y una obsesión: saber. Pone por primera vez los pies en un aula a los diecisiete años: no sabe que ha habido dos guerras mundiales, pero tampoco la fecha exacta de su nacimiento (no tiene documentos). Pronto descubre que la educación es la única vía para huir de su hogar. A pesar de empezar de cero, reúne las fuerzas necesarias para preparar el examen de ingreso a la universidad, cruzar el océano y graduarse en Cambridge, aunque para ello deba romper los lazos con su familia."

Entrevista de La Vanguardia a la autora

Crecí totalmente aislada en una familia mormona fundamentalista. Preparados para el inminente fin del mundo.

¿Creció aterrorizada?

En absoluto, teníamos un arsenal de armas y víveres para sobrevivir, así que yo pensaba que eran los demás los que deberían estar preocupados.

¿Lo más significativo de su infancia?

No ir a la escuela. Mi padre afirmaba que la escuela era una artimaña del Gobierno para alejar de Dios a los niños. Llegar a la universidad a los 17 años en contra de la opinión de mi familia ha sido una lucha.

¿La educaron en casa?


Mi madre me enseñó a leer, nada más. Mi padre era chatarrero, empecé a trabajar en el desguace a los siete años. Tuve una infancia salvaje, sin supervisión, eso me convirtió en una persona con recursos que sabía trabajar muy duro, pero mi visión del mundo era limitadísima.

Una visión alarmista y loca.

Sí, mi padre era un paranoico. Pero cuando eres niño, por raro que sea el ambiente en el que creces, para ti es lo normal.

Describe usted una casa mugrienta, con escasas duchas y peleas constantes.

¿Y cuál es la pregunta?

Pues que parece un ambiente tóxico.

A mí todo eso me parecía normal. De lo único que tuve miedo fue de la cantidad de lesiones físicas que tuvimos y que mi madre curaba con ungüentos.

¿Nunca les llevaron a un médico?

A ninguno de los 8 hermanos. Mi padre no era capaz de comprender el concepto de seguridad, y estar con él en el desguace era peligroso.

Lanzaba hierros sin mirar adonde.

Tenía algún tipo de trastorno mental. Decía que si le daba a alguno de nosotros era la voluntad de Dios, pero pese a ello nos amaba.

¿Su recuerdo más impactante?

Hubo momentos muy difíciles con uno de mis hermanos que era muy violento, pero si debo escoger uno, es mi llegada a la universidad. En una de las primeras clases levanté la mano para preguntar qué era eso del holocausto.

¿Nunca había oído hablar de ello?

No, y todos pensaron que era una negacionista, pero yo ignoraba hasta que hubiera habido dos guerras mundiales. Tuve que aprender a comprender mi propia ignorancia.

“Es extraño que otorgues a tus seres queridos tanto poder sobre ti”, escribe.

Cuando escribí esa frase en mi diario tenía 16 años. Desde los 14 mi hermano en lugar de Tara me llamaba puta. Era algo que estaba grabado en mi propio concepto de mí misma, y ese es el mayor poder que alguien puede tener sobre ti.

Debía de tener la autoestima por los suelos.

En la universidad empecé a desarrollar la capacidad de tener mis propias ideas sobre la historia, la religión..., y finalmente sobre mí misma.

¿Cómo, siendo constantemente despreciada, tuvo la fuerza de ponerse a estudiar?

Yo me enseñé a mí misma álgebra y las materias necesarias para entrar en la universidad porque quería cantar, amaba la música. Mi hermano mayor, antes de largarse de casa, solía ponerme una ópera.

Curioso lo que nos acaba conformando.

Tenemos que ir con mucho cuidado antes de destruir cualquier tipo de pasión en un niño porque no sabemos dónde le va a llevar, pero sí sabemos dónde lleva la ausencia de pasión.

¿Tuvo amigos en la universidad?

Me costó, era un bicho raro y no sabía cómo relacionarme. Todo era nuevo, extraño y alarmante.

Hábleme de su primer amor.

Las ideas sobre las mujeres en mi familia no eran sanas. No podía estar cerca de un hombre sin sentir desprecio por mí misma. A causa de la relación violenta con mi hermano, me convencí de que era invencible, de que nada de lo que él me hiciera tendría impacto en mí. Esa decisión me disoció de mí misma y me convirtió en una persona dura y brutal, incapaz de ser herida.

Hay mucho dolor en lo que dice.

Esa primera relación acabó mal. Los elogios se me atragantaban. Toleraba mejor cualquier forma de crueldad que la amabilidad. Necesité unos cuantos años para entenderlo y para reconocer que permitirte ser herida es el camino más valiente y más poderoso.

¿Qué le ha construido interiormente?

La educación me dio la oportunidad de cambiarme a mí misma.

¿De dónde ha sacado su fortaleza?

De la necesidad.

Se convirtió en una extraña en su casa.

Sí, y en todas partes. Una noche volví a casa para robar unos documentos que necesitaba para que me dieran una beca y que sabía que mi padre no me entregaría, y ese fue un punto de inflexión: era una extraña robando en mi casa.

¿Cómo se siente hoy consigo misma?

Me siento en paz. Hoy sé que no puedes controlar lo que hacen otras personas, simplemente puedes controlar cómo vas a reaccionar. Hay mucha miseria y mucho drama cuando crees que puedes controlar lo que otros hacen, especialmente la gente que tú quieres.

¿Se siente sola?

Tengo amigos, y sobre todo un perro fantástico.

¿A qué teme?

Antes temía las consecuencias de mis propias decisiones, pero he entendido que cualquier acción tiene consecuencias, pero actuar es lo que te hace vivo, y yo decidí estar viva.